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miércoles, 16 de marzo de 2011

Alguna vez...



Los altos árboles del bosque, erguidos hacia el cielo, instruían al pequeño árbol que crecía entre ellos.

- Alguna vez - decían - , alguna vez serás alto como nosotros y entonces podrás ver el agua cristalina de los lagos allá abajo, la nieve virginal entre las montañas allá arriba. Alguna vez...
El viento, cuando bajaba a la altura del árbol pequeño, también le informaba.

- Vengo de todas partes y lo sé todo. Conozco los bosques, los ríos, los mares, los campos, las ciudades de los hombres... Cuando seas grande te contaré cosas... Alguna vez...
Al llegar la primavera, cuando los pájaros venían en busca de calor y alimento, piaban comentando:

- Hay sitios donde todo es arena; donde todo es nieve; hay sitios donde todo es agua... Alguna vez, cuando seas más alto y más sólido, haremos nuestros nidos en tus ramas y te contaremos todo lo que sabemos. Alguna vez...
Y el pequeño árbol seguía inmóvil, repitiendo a todas sus hojas tiernas esas palabras excitantes:

- Alguna vez, alguna vez...
Pero ese "alguna vez" era lento, resultaba lejísimo. El pequeño se impacientaba y preguntaba cosas a la lluvia, al granizo, a la nieve. Todos conocían el mundo. Todo parecían sabios y aventureros. Todos terminaban diciéndole: "Alguna vez, alguna vez..."

Una tarde, por fin, sucedió algo novedoso. Pasó junto al pequeño árbol un hombre corpulento de barba oscura y ojos grandes conduciendo un asno con la brida. Montada en el animal iba una mujer muy hermosa y dulce que estaba embarazada. Se detuvieron y el hombre musitó:

- Esto es lo que necesito. Perdóname pequeño árbol pero debo cortarte.
Y con un hachazo ocasionó la primer herida en la madera del joven árbol. Este suspiró y sangró un poquito de savia. El dolor era intenso. El hacha penetraba cada vez más en su carne vegetal. Se sentía débil, indefenso y solo. No lamentaba tanto su sufrimiento físico como ese "alguna vez" que temía perder para siempre.

El hombre no cejó en su intento. Cortó todo el árbol en trozos pequeños y los acomodó en el morral. Siguiendo el camino, llegaron a un lugar donde había un buey y otros animales. Allí el hombre sacó los trozos, los cepilló, los pulió y los ensambló, quedando el árbol transformado en una cunita rústica.

La cunita, al mecerse parecía gemir: "alguna vez, alguna vez..."

Todavía aquel pobre árbol no había comprendido cual sería su misión. Pero esa noche, justamente a las doce, sintió un débil llanto. Una música y una luz extrañas envolvieron el lugar. Se escuchaba un sedoso revoloteo de ángeles. El llanto del niño que acaba de nacer parecía más bien un canto.

El árbol hecho cuna notó que depositaban entre sus maderas cubiertas de heno tibio el cuerpecillo de una criatura muy especial. Y lo sintió moverse suavemente en su interior.

De pronto intuyó que el "alguna vez" ya había llegado.

Ni los árboles altísimos, ni el viento, ni los pájaros, ni las nubes habían experimentado nunca la gloria que en ese momento él gozaba, cuando ya no era más árbol sino cuna. Ahora, estaba como en la gloria. Estaba con Dios mismo.

Mientras tanto, en el bosque, todos apenados comentaban: "pobrecito arbolito, ha quedado frustrado, ya nunca tendrá "alguna vez"...

Arbol nuevo,
sabia nueva.
Dolor.
Un gran amor.
Sólo salva
un gran amor.

lunes, 27 de abril de 2009

GANDHI


La ley del amor

Sólo esa ley su­prema puede dar sentido a nuestra vi­da y establecer la armonía indispen­tasable para el funcionamiento del andamiaje social. Y si ésa debe ser nuestra ley, deberemos esforzarnos cuanto de las Siempre nuestra vida cotidiana. - surge la discordia, cuando uno choca con la oposición, hay que tratar de vencer al oponente, con el amor Pa ra solucionar numerosos problemas, toda mi vida he recurrido a este me­ dio elemental. Esto no significa que haya resuelto todas mis dificultades
El hecho de que en nuestro planeta sigan viviendo todavía tantos hombres, demuestra que el mundo ­tiene como fundamento, no la fuerza de las armas sino la de la verdad y la podamos para que sea la norma de del amor. El hecho de que nuestro que mundo siga viviendo todavía, a pesar de tantas guerras, demuestra palpablemente y de la manera más irre­futable que esta fuerza es victoriosa..
La que rige a la humanidad es la ley del amor. Si la violencia, o sea, el odio nos hubiera regido, nos habría­mos extinguido hace muchísimo tiempo. Y sin embargo, la tragedia de ello es que en la llamada civiliza­ción, los hombres y las naciones se conducen como si la base de la so­ciedad fuese la violencia.
La existencia de millones de hom­bres depende de la intervención su­mamente eficaz de esta fuerza. Gra­cias a ella vemos cómo se disipan las pequeñas peleas que entorpecen la vi­da cotidiana de millones de familias. Centenares de pueblos viven en paz. Este hecho no lo reseña ni puede re­señarlo la historia. La historia, como es lógico, registra los acontecimientos que corresponden a una detención momentánea en el funcionamiento de esa fuerza del amor o fuerza del alma. Riñen dos hermanos; uno de ellos se arrepiente y despierta así aquel amor que dormitaba en él: los dos viven de nuevo en paz. De este episodio no hay nadie que tome nota. Por el con­trario, la prensa recogerá enseguida el hecho, hablarán de él todos los veci­nos y hasta la historia conservará en parte su recuerdo, si esos dos herma­nos recurren a la guerra o, lo que es otra forma de intervención brutal, apelan a la justicia, tras una consulta con sus consejeros jurídicos o por cualquier otra razón. Y esto, que es verdad en las familias y en las demás comunidades, no es menos cierto en Ias naciones. Nada nos autoriza a cre­er que las naciones son gobernadas por una ley distinta de la de las fami­lias. De este modo, la historia se con­tenta con registrar las interrupciones que sufre el curso natural de las cosas. Pero como la fuerza del alma es natu­ral, la historia no habla de ella.
En mis escritos no puedo tolerar la mínima concesión a la mentira. Estoy dispuesto a rechazar todo lo que se consiga con desmedro de la ver­dad y, por otra parte, estoy sólida­mente convencido de que no hay más religión que la verdad. También sería inconcebible encontrar en mis escritos una sola nota de odio. ¿No es el amor lo que hace vivir al mun­do? Donde no está presente el amor, no existe vida. La vida sin amor con­duce a la muerte. El amor y la ver­dad representan las dos caras de una misma moneda. Estoy seguro de que por medio de estas dos fuerzas se puede conquistar el mundo entero.
Tras renunciar a la espada, no ten­go otra cosa que ofrecer a mis ad­versarios que la copa del amor. Gra­cias a esta ofrenda, creo que me aproximaré a ellos. Considero in­concebible una enemistad perpetua entre los hombres. Y como creo en la teoría de la reencarnación, espero que podré en esta vida o en la si­guiente reunir a toda la humanidad en un único vínculo de amistad.